
A lo largo del ciclo anterior, el riesgo apareció como desgaste, como inercia y como simultaneidad; (Caminata de más de dos días, Alimentación, Transporte terrestre, Rafting y Cuerdas altas) aquí, en esta nueva reflexión, aparece desde otro ángulo: como problema de traducción. Si entonces la pregunta era: ¿cómo construir marcos compartidos que ordenan la acción sin sofocarla?, ahora el foco se desplaza a un momento previo ¿cómo los datos nos ayudan a aprender? Este nuevo ciclo no se propone domesticar el riesgo con datos, sino observar qué ocurre cuando una organización intenta nombrarlo de forma consistente, recoger datos de manera rigurosa y crear un cultura de aprendizaje con componentes objetivos como la que propone el Ai+ a partir de datos.
El registro empieza antes del dato
Toda operación genera experiencias antes de generar datos. Hay gestos, decisiones pequeñas, incomodidades que no llegan a ser incidentes, ajustes finos que evitan que algo escale. Esa capa de lo vivido es continua, rica y profundamente real. El sistema aparece después, cuando alguien intenta convertir ese flujo en un registro. No para archivarlo, sino para que otros puedan leerlo, contrastarlo y, eventualmente, decidir con él, aprender.
En ese punto se produce una transformación silenciosa. La experiencia, que es siempre excesiva y contextual, debe ser traducida a un lenguaje compartido, no para simplificarla, sino para hacerla legible. El formulario no compite con la realidad; intenta hacerla transmisible. Y en ese intento se juega buena parte de la capacidad de una organización para aprender.
Esa es la razón por la que esta reflexión no arranca preguntándose qué dicen los datos, sino cómo una experiencia logra —o no— convertirse en algo que otros puedan comprender sin haber estado ahí. Antes del análisis está el acto de nombrar. Antes del patrón está la decisión de dejar rastro.
Lo que Fullsky ha decidido nombrar
En el esfuerzo por volver legible la experiencia, Fullsky ha hecho un trabajo deliberado de nombrar. Ha puesto palabras a los incidentes que pueden emerger en una operación turística y educativa, no como eventos excepcionales sino como expresiones posibles de un sistema vivo, en total tenemos ocho categorías: lesiones físicas, enfermedades, afectaciones emocionales, personas atrasadas o perdidas, fallas de equipos e infraestructura, eventos ambientales, quiebres logísticos y alteraciones del orden público. Al hacerlo, la operación deja de depender únicamente del relato posterior o de la memoria de quienes estuvieron ahí. La experiencia encuentra un marco común que permite reconocer lo que pasó sin reducirlo a anécdota.
Pero el gesto de nombrar no se detiene en lo que ocurre; se extiende a los límites dentro de los cuales la operación se mueve. Fullsky también ha nombrado: niveles de tolerancia de la operación, peligros y factores contribuyentes. Ese marco no elimina la incertidumbre, pero la vuelve visible y comparable. Nombrar, en este sentido, no describe la realidad tal como es: declara desde dónde Fullsky declara observarla.
Cuando lo nombrado empieza a devolver lectura
Ese lenguaje propuesto por Fullsky a partir de nombrar, ha comenzado a mostrar su potencial. Hoy el Ai+ reúne 4.096 incidentes registrados, ocurridos a lo largo de 124.850 Días Programa, un denominador que permite leer la experiencia sin sacarla de escala. Sobre esa base, el mapa que aparece es:
cerca de la mitad de los incidentes corresponden a enfermedades,
un tercio a lesiones físicas.
La operación no está dominada por eventos extraordinarios, sino por el cuerpo, el desgaste y la exposición cotidiana.
Los incidentes logísticos representan una franja menor pero persistente, mientras que los eventos ambientales, de infraestructura o de orden público aparecen con menor frecuencia, aunque nunca desaparecen del todo. El sistema no exagera lo excepcional ni diluye lo cotidiano: empieza a mostrar dónde se acumula realmente la fricción diaria de la operación.
El borde de la severidad
Ahora, cuando la mirada se desplaza desde el volumen hacia la frontera de lo permitido. Dentro de esos mismos 4.096 incidentes, solo 70 casos, alrededor de un 1,7 %, alcanzan una severidad real nivel. Este es el rango donde empiezan a aparecer fracturas simples, hipotermia, infecciones u otras condiciones que obligan atención médica externa y, con frecuencia, evacuación. Dicho de otro modo, apenas 1,7 de cada 100 incidentes cruzan ese umbral de severidad.
El resto de registros se concentra en niveles bajos: malestares, raspones, cortes menores, diarreas, vómitos, agotamiento. Esa fricción fisiológica que acompaña casi cualquier operación prolongada y que rara vez se vive como incidente aislado, pero que, acumulada, define el pulso real del terreno. El sistema dibuja así un centro amplio de baja severidad y un borde estrecho donde el margen se reduce.
La responsabilidad de nombrar como gesto de gobierno
Nombrar no es un ejercicio de precisión perfecta. Es un gesto de gobierno del lenguaje. Definir categorías, aceptar bordes difusos y hacer visibles las zonas grises implica decidir qué tipo de realidad puede ser observada y discutida colectivamente.
Nombrar tampoco es un acto único ni definitivo. No existe una sola forma correcta de llamar a lo que ocurre en el terreno, porque toda experiencia admite múltiples lecturas según el marco desde el cual se observe. Sin embargo, si el aprendizaje quiere trascender la frontera de una operación particular, requiere acuerdos mínimos. Lenguajes suficientemente compartidos para que lo aprendido no quede encapsulado en una sola compañía, en un equipo o en una temporada específica. Sin ese piso común, cada sistema aprende solo, repite errores ya conocidos por otros y vuelve a recorrer caminos que podrían haberse evitado. La estandarización aquí no busca homogeneizar la experiencia, sino hacerla transferible: permitir que el aprendizaje circule, dialogue y escale, no como receta, sino como patrimonio colectivo capaz de sostener una conversación regional sobre riesgo, operación y cuidado.
Lo que todavía no vemos del todo
En un sistema con miles de registros, lo raro no es que exista un borde, sino empezar a verlo con nitidez. Una operación puede pasar semanas habitando niveles bajos y, aun así, estar siempre a una combinación específica de condiciones de rozar lo no tolerable. La reflexión queda abierta ahí, en ese límite que empieza a dibujarse cuando la experiencia logra, por fin, ser nombrada.
Esta reflexión deja planteado ese punto de partida. En las próximas semanas la conversación se moverá desde el acto de nombrar hacía lo que ocurre cuando esos nombres se combinan con calendario, frecuencia, peligros, factores y seguimiento en el tiempo. No para buscar certezas estadísticas ni recetas universales, sino para observar cómo la evidencia empieza —o no— a transformarse en aprendizaje estructural: cuándo un patrón justifica un umbral, cuándo una recurrencia pide criterio y cuándo un dato, aun siendo correcto, no alcanza para decidir.




