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Cuerdas altas: límites profesionales para guías y staff (sin favoritismos)

Martín Molano

18 de enero de 2026

En cuerdas altas, la gestión del riesgo cambia de textura: ya no depende tanto de la distancia ni de la técnica aislada, sino de una cercanía inevitable donde se cruzan autoridad, cuidado y poder. Esta reflexión explora una pregunta incómoda pero decisiva para cualquier operación con guías, staff y participantes —especialmente menores de edad—: qué señales permiten distinguir un cuidado profesional de un trato preferencial cuando la actividad exige contención, dirección y contacto. La reflexión sostiene que el punto ciego no es la cercanía en sí, sino la ambigüedad que puede generar cuando el acompañamiento queda entregado al estilo personal, al carisma o a la intuición del momento. 

En cuerdas altas, la gestión del riesgo cambia de textura: ya no depende tanto de la distancia ni de la técnica aislada, sino de una cercanía inevitable donde se cruzan autoridad, cuidado y poder. Esta reflexión explora una pregunta incómoda pero decisiva para cualquier operación con guías, staff y participantes —especialmente menores de edad—: qué señales permiten distinguir un cuidado profesional de un trato preferencial cuando la actividad exige contención, dirección y contacto. La reflexión sostiene que el punto ciego no es la cercanía en sí, sino la ambigüedad que puede generar cuando el acompañamiento queda entregado al estilo personal, al carisma o a la intuición del momento. 

En las reflexiones anteriores (Caminata de varios días, Alimentación, Transporte Terrestre y Rafting) observamos cómo el riesgo adopta formas distintas según el tipo de experiencia: a veces se acumula con el tiempo, otras se diluye por inercia, y en ciertos contextos irrumpe de manera simultánea y exige coordinación inmediata. Ese recorrido no busca agotar el tema, sino afinar la mirada: entender que el riesgo no es una abstracción homogénea, sino un fenómeno que cambia de textura según la práctica, el entorno y la forma de operar. Esta nueva reflexión se inscribe en esa misma exploración, pero desplaza el foco desde el ritmo del riesgo hacia la forma del cuidado, preguntándose qué ocurre cuando la gestión del riesgo depende menos de la distancia y más de la cercanía, menos de la técnica aislada y más de la relación que se construye en el límite.

¿Qué señales permiten distinguir un cuidado profesional de un trato preferencial, cuando la operación exige cercanía, contención y dirección?

En cuerdas altas el cuidado no se ejerce desde lejos. Acontece en la proximidad. El cuerpo suspendido, el miedo expuesto, la instrucción que debe llegar antes de que el temblor se vuelva parálisis: todo ocurre en un espacio donde la distancia desaparece. A veces esa cercanía es física; otras, profundamente emocional. No hay mediaciones. El guía no observa: está ahí, y en ese “estar”, el cuidado deja de ser un procedimiento para convertirse en una relación.

A diferencia de otros escenarios del turismo y los viajes al aire libre, aquí el acompañamiento no puede reducirse a lo técnico. El participante no solo ejecuta una acción; atraviesa una experiencia que puede vivirse como amenaza, como vergüenza o como una prueba íntima. El miedo no es un error del sistema: es parte constitutiva de la escena. Por eso la cercanía del guía no es un gesto accesorio ni un rasgo de estilo; es una condición real de seguridad. Pero toda cercanía porta una ambigüedad. No porque sea peligrosa en sí misma, sino porque introduce una materia difícil de regular: la confianza. Cuando el personal de campo contiene, orienta o motiva, actúa sobre un terreno sensible donde se entrecruzan autoridad, cuidado y poder. Ese es el punto ciego: no el contacto, sino lo que el contacto puede significar.

Las señales que anuncian ese desliz rara vez son evidentes. No suelen ser gestos escandalosos ni rupturas explícitas. Aparecen como pequeñas diferencias que se repiten: un tono más blando con alguien y más áspero con otro; una broma privada que crea complicidad; una atención que se concentra siempre en la misma persona; un contacto que se prolonga más de lo necesario; una conversación que se desplaza hacia lo íntimo con la excusa de “calmar”. Ninguno de estos actos, por separado, constituye una falta. El problema emerge cuando el grupo empieza a leer una pauta: que el cuidado no es igual para todos, que el trato pierde consistencia, que la autoridad se modula por afinidad.

Límites profesionales como infraestructura, no como intención

Ahora, todos los que hemos hecho cuerdas altas sabemos que para esta actividad la cercanía es vital, no se puede ni debe eliminar, toca gestionarla. El problema no es que exista contacto, dirección o contención; el problema es cuando esas interacciones quedan entregadas al estilo personal de cada guía, a su carisma, a su intuición del momento. 

Propongo que imaginemos este ejercicio de gestión por capas. 

Contacto físico: cuándo es estrictamente necesario

La primera es el contacto físico, estrictamente necesario. No porque el cuerpo sea “sospechoso”, sino porque el contacto es un lenguaje potente: comunica poder, control, cuidado, urgencia. En cuerdas altas, un ajuste de arnés o una guía de postura puede ser imprescindible, pero si el contacto no tiene límites claros —dónde, cómo, cuánto, con qué explicación— se abre un margen de interpretación que el sistema no puede controlar. La buena práctica, entonces, no es “no tocar”; es que el contacto sea estrictamente necesario: contextual, explicado, visible, acompañado de explicaciones verbales como parte del trabajo.

Lenguaje profesional: contención sin intimidad impropia

La segunda capa es el lenguaje. Bajo presión, el lenguaje se vuelve herramienta de regulación emocional: calma, ordena, dirige. Pero también puede volverse íntimo, invasivo o confuso sin que nadie lo note en el momento. Evitar connotaciones sexuales no es una regla de decoro: es una forma de impedir que la operación se deslice hacia un territorio donde el participante deja de sentirse contenido y empieza a sentirse expuesto. En un entorno donde hay miedo y vulnerabilidad, una frase fuera de lugar pesa más de lo normal. El lenguaje profesional mantiene una frontera: permite cercanía sin personalización indebida.

Equidad del trato: evitar favoritismos y arbitrariedad

Una capa más es la equidad del trato: evitar favoritismos. En cuerdas altas, el personal de campo  (staff, guías, instructores) tiende naturalmente a gravitar hacia quien más lo necesita o hacia quien más conecta. Pero en operación, ese patrón debe ser consciente porque el grupo lo lee como señal de justicia o de arbitrariedad. El favoritismo no siempre es “premiar” a alguien; a veces es acompañar siempre al mismo, escuchar siempre al mismo, bromear siempre con el mismo, o exigirle más al que “se aguanta”. La buena práctica consiste en sostener un cuidado que sea consistente.

Confidencialidad vs reporte: qué se guarda y qué se escala

La cuarta capa, muy compleja en nuestra cultura latinoamericana: discernir entre confidencialidad y reporte. En actividades con jóvenes, y en general en contextos donde hay asimetría de poder, un participante puede compartir algo sensible buscando apoyo. El riesgo no está solo en lo que se escucha, sino en lo que se hace con eso: qué se guarda, qué se escala, qué se documenta, qué se registra por obligación. Esta capa protege a todos: al participante, porque no queda encerrado en una relación privada; al staff, porque no carga solo con decisiones éticas; y al sistema, porque no depende de criterios improvisados en un punto ciego.

Evitar estar a solas: transparencia operativa, especialmente con menores

La quinta capa actúa como llave de seguridad del conjunto: evitar estar a solas, especialmente con menores. No porque se presuma culpa (en algunos casos la legislación Colombiana lo presumen), sino porque la operación madura entiende que la confianza se sostiene con condiciones estructurales, no con promesas. Estar a solas crea un espacio sin testigos donde todo queda en “versiones”, incluso cuando nada ocurrió. En términos sistémicos, esa es la peor forma de fragilidad: la que no se puede verificar. 

Una forma compartida de cuidado

En el fondo, lo que está en juego no es la cercanía, sino su forma. Allí donde el cuidado no encuentra límites, deja de ser sostén y empieza a confundirse con apropiación; donde no adquiere contorno, se vuelve opaco incluso para quien lo ejerce. El límite no aparece entonces como restricción, sino como condición de posibilidad: es lo que permite que la relación siga siendo cuidado y no deriva, que la autoridad conserve sentido sin volverse personal, que la confianza no dependa del carisma sino de una forma compartida de actuar. En ese equilibrio —frágil, siempre provisional— el cuidado se vuelve habitable: no porque elimine el riesgo, sino porque lo encuadra dentro de un orden reconocible, capaz de sostener la experiencia sin absorberla.

A lo largo de la serie, 5 reflexiones sobre buenas prácticas, el riesgo aparece como desgaste, como inercia, como simultaneidad; aquí aparece como cercanía. En todos los casos, lo que marca la diferencia no es la pericia aislada ni la buena intención, sino la capacidad de construir marcos compartidos que ordenen la acción sin sofocarla. Cuando eso ocurre, la operación deja de depender del instinto, del carisma o de la improvisación permanente, y el cuidado puede sostenerse sin volverse arbitrario. Tal vez ahí esté el aprendizaje común: no en evitar el riesgo, sino en aprender a habitarlo con formas que lo vuelvan humano, justo y, sobre todo, transmisible.

Si se quiere operar cuerdas altas sin improvisación, hace falta que los criterios existan antes de llegar a la actividad. Para profundizar en esa arquitectura preventiva, acceder al documento completo: Obtener el estándar de buenas prácticas de Cuerdas altas (v1.4).

Acceso mediante registro. Incluye buenas prácticas, criterios operativos y protocolos preventivos para operar y cancelar con claridad.

¿Cuáles son las preguntas operativas que podrían aflorar típicamente en una actividades de cuerdas altas?

  • ¿Qué se considera contacto físico estrictamente necesario en cuerdas altas?

  • ¿Cómo evitar favoritismos cuando un participante “conecta” más con el guía?

  • ¿Cuándo algo debe reportarse y no quedarse como confidencia?

  • ¿Por qué evitar estar a solas protege a todos, incluso cuando “no pasa nada”?

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