
¿Qué ocurre cuando el riesgo se delega al movimiento mismo y deja de ser pensado colectivamente?
Si la caminata de varios días permitió observar cómo el riesgo se acumula en el tiempo, y la alimentación hizo visible una cadena invisible que sostiene —o erosiona— la continuidad del cuerpo, el transporte terrestre introduce una tensión distinta: ¿qué ocurre cuando el desplazamiento se vuelve tan habitual que deja de pensarse como parte activa del sistema de gestión del riesgo? En este nuevo momento del ciclo, la reflexión se desplaza hacia una práctica cotidiana, repetitiva y aparentemente controlada, que concentra buena parte de la exposición al riesgo precisamente cuando deja de ser mirada de forma colectiva.
El transporte terrestre, a diferencia de otras instancias del viaje —la caminata exigente, actividades técnicas o de aventura— suele vivirse como un tramo neutro. No promete aprendizaje ni exige destreza visible. Es, en apariencia, un simple medio entre dos puntos. En ese tránsito cotidiano, la atención se relaja: el grupo conversa, descansa, mira por la ventana. El movimiento continúa sin pedir nada a cambio. Y, sin embargo, es ahí donde se instala una particularidad operativa: pocas instancias reúnen a tantas personas, durante tanto tiempo, dependiendo de decisiones que ya no están siendo tomadas. De esta forma, el transporte se convierte en uno de los espacios más propensos a operar en piloto automático.
El transporte como zona de delegación silenciosa
En el transporte terrestre —como en muchas actividades al aire libre— la responsabilidad no desaparece; se diluye. No se concentra en una sola figura, pero tampoco circula de manera explícita. Queda suspendida en una forma de acuerdo tácito: alguien más está a cargo. El conductor, el proveedor, el guía/staff, el viajero, el vehículo mismo. Cada parte cumple su rol y, precisamente por eso, nadie siente la necesidad de volver a pensar el conjunto.
Lo particular de este momento del viaje es que la acción está fragmentada, pero la consecuencia no. El movimiento integra lo que las decisiones han separado. El cansancio individual se convierte en riesgo colectivo. Una omisión mínima —no verificar, no comentar, no ajustar— se amplifica por el simple hecho de que todos avanzan juntos. Cada quien habita su asiento, su conversación, su cansancio. El sistema sigue funcionando, pero deja de comunicarse como sistema. Nadie decide explícitamente “no hacerse cargo”; simplemente nadie percibe que ese momento requiera volver a hacerse cargo. Ahora, esta forma de operar no produce fallas inmediatas. Produce continuidad y esa continuidad es engañosa: mientras todo avanza, parece confirmar que el arreglo implícito funciona. El grupo llega, baja del vehículo, sigue con el programa. El riesgo queda entonces relegado al terreno de lo hipotético.
La continuidad como señal engañosa
Es en ese punto donde las Buenas Prácticas de Transporte Terrestre, dejan de parecer una acumulación de protocolos y revelan su sentido operativo. Coordinar con el proveedor, establecer horarios, revisar condiciones climáticas, asignar roles: no son acciones independientes ni gestos burocráticos del Guía/Staff, sino mecanismos concretos para impedir que el transporte funcione por pura inercia. Cada una de esas acciones vuelve explícita una variable que, si no se nombra, empieza a decidir sola: el tiempo presiona, el cansancio se acumula, el entorno cambia, la atención se dispersa.
Por ejemplo, tomemos una de las buenas prácticas que suele parecer más simple: asignar roles para la actividad. En apariencia, se trata de una medida organizativa menor. En la práctica, es uno de los pocos dispositivos que impide que la responsabilidad se disuelva por completo una vez que el vehículo entra en movimiento. Cuando al menos un miembro del staff viaja en cada vehículo, cuando alguien tiene explícitamente la tarea de mantenerse despierto y atento al estado del conductor, de los pasajeros y de la ruta, o cuando se define quién abre y quién cierra un recorrido con varios vehículos, el sistema vuelve a hacerse presente. El rol no añade control; añade conciencia.
Vista así, la asignación de roles no opera de manera aislada, sino como un punto de articulación con el resto de las buenas prácticas del transporte. Es a través de esos roles que la coordinación con el proveedor se vuelve operativa, que los horarios dejan de ser una intención y pasan a sostenerse en el tiempo, que las condiciones climáticas se leen mientras el recorrido avanza y que las pausas dejan de depender del agotamiento extremo para ser anticipadas. Los roles no reemplazan a las demás prácticas; las hacen habitables en movimiento. Permiten que un sistema preventivo, diseñado antes de salir, siga existiendo cuando el vehículo ya está en marcha y las variables comienzan a cambiar.
Cuando el transporte deja de ser un “intervalo”
Colombia publica cifras robustas de siniestralidad vial a través de la Agencia Nacional de Seguridad Vial y el Observatorio Nacional de Seguridad Vial. Sin embargo, esos datos no suelen desagregarse por motivo del viaje —turismo, educación, recreación— sino por variables generales como actor vial, territorio y tiempo. Esto hace que la siniestralidad asociada específicamente al transporte turístico permanezca, en gran medida, invisibilizada.
Aun así, los hechos recientes obligan a interrumpir esa neutralidad. Hace menos de un mes, un bus que regresaba con estudiantes del área metropolitana de Medellín desde un viaje en Tolú se salió de la vía y cayó por un precipicio en el nordeste de Antioquia, en la zona Remedios–Segovia, dejando un saldo reportado de múltiples personas fallecidas y heridas. Un trayecto que “solo” conectaba el cierre de un viaje con el regreso a casa fue suficiente para desmontar la ficción de que el transporte es un intervalo sin decisiones.
Si este tipo de eventos puede ocurrir en desplazamientos considerados rutinarios, la pregunta deja de ser estadística y se vuelve operativa: ¿cuántas variables está dispuesto un equipo a no volver explícitas antes de que el movimiento, por sí solo, termine decidiendo por todos?
¿Hacia dónde va la reflexión?
Este texto no busca agotar la discusión sobre el transporte terrestre ni convertirlo en una lista de advertencias. Busca, más bien, mostrar cómo una práctica aparentemente neutra puede transformarse en un punto ciego cuando deja de pensarse colectivamente. La próxima semana, la reflexión se desplazará hacia una actividad donde el riesgo sí es visible, incluso buscado: el rafting. No para hablar de técnica ni de adrenalina, sino para observar qué cambia cuando el riesgo deja de ser silencioso y se vuelve explícito, compartido y —en apariencia— mejor gestionado.



