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28. La pregunta es: “¿cuál es el margen de tolerancia?”, no si es segura la actividad.

Martín Molano

23 de febrero de 2026

Esta reflexión explora por qué el aprendizaje no nace de la simple exposición al riesgo, sino de la existencia de un margen de tolerancia: ese espacio humano donde la incertidumbre todavía permite leer la situación, elegir con conciencia y corregir antes de que la urgencia se imponga. Cuando el margen se cierra, la experiencia deja de formar y empieza a endurecer, a confundir o a empujar por inercia.

Lejos de proponer la eliminación del riesgo, el texto invita a habitarlo con lucidez. A comprender cómo la percepción, el cuerpo y las decisiones se transforman bajo incertidumbre real, y por qué la calidad del aprendizaje depende de cómo se sostienen los límites. el riesgo como fenómeno fenomenológico

Esta reflexión explora por qué el aprendizaje no nace de la simple exposición al riesgo, sino de la existencia de un margen de tolerancia: ese espacio humano donde la incertidumbre todavía permite leer la situación, elegir con conciencia y corregir antes de que la urgencia se imponga. Cuando el margen se cierra, la experiencia deja de formar y empieza a endurecer, a confundir o a empujar por inercia.

Lejos de proponer la eliminación del riesgo, el texto invita a habitarlo con lucidez. A comprender cómo la percepción, el cuerpo y las decisiones se transforman bajo incertidumbre real, y por qué la calidad del aprendizaje depende de cómo se sostienen los límites. el riesgo como fenómeno fenomenológico

Este período se ordena como una secuencia de maduración. Primero, aprender a habitar márgenes de tolerancia como espacio pedagógico (no como límite administrativo). Luego, entrar al autocuidado como el lugar donde aparece el autoconocimiento y la atención en el anillo más próximo de una expedición: yo. Por último, desplazar el foco hacia el cuidado de los otros, entendido como la posibilidad de responsabilidad compartida. 

El riesgo como maestro: cuando la tolerancia es el marco de las posibilidades

El riesgo, antes que técnico, es fenomenológico. Se vive en el cuerpo. Interrumpe la vida automática y obliga a estar presentes, a notar, a distinguir, a decidir sin el confort de la certeza.  ¿quien que ha viajado no ha sentido el riesgo como un mensajero? ¿quien que a escalado, acampado, caminando, no ha sentido la incertidumbre como un maestro? 

Dentro de actividades de turismo, viajes y expediciones, antes de ser cifra o categoría, el riesgo transforma la manera de estar en el mundo: el tiempo se densifica, la atención se estrecha, el cuerpo se activa y la emoción: miedo, euforia, urgencia, terminan reorganizando las prioridades. Eso es lo real del riesgo: no su definición, sino su efecto. Y, cuando ese efecto ocurre, sin que el margen se cierre por completo, el riesgo deja de ser concepto y se vuelve maestro.

Entonces, el riesgo solo tiene la posibilidad de mutar en aprendizaje cuando no es una ruleta. La exposición, por sí misma, no enseña; puede endurecer, puede confundir, puede inflar el ego, incluso puede dejar una anécdota intensa, pero no necesariamente deja aprendizaje. Lo formativo aparece cuando todavía hay margen de acción: cuando la experiencia no está tomada por la urgencia y aún es posible elegir, corregir y leer lo que está ocurriendo.

El margen leído desde adentro: un espacio humano donde aún hay decisión

La idea que defiende esta reflexión, es que los estados de aprendizaje ocurren cuando las actividades riesgosas se viven dentro de límites tolerables y aunque haya incertidumbre el desarrollo no es una ruleta. Por eso el margen de tolerancia, leído desde adentro, no es una cifra ni una frontera en el mapa, es un espacio humano donde todavía existe crecimiento. Mientras hay margen, el mundo mantiene matices: el cuerpo registra sin gritar, la atención puede abrirse y cerrarse sin romperse, el grupo puede hablar sin que cada frase sea una negociación con el orgullo. Cuando el margen se estrecha, lo primero que cambia no es el terreno: es la calidad de la percepción y la capacidad receptiva de quien vive la experiencia. 

Cuando el margen existe, la experiencia conserva elasticidad. Todavía se puede dudar, contrastar, ajustar. Las decisiones no son reflejos sino elecciones. Pero a medida que el margen se reduce, algo más profundo que el terreno empieza a tensarse: la posibilidad de ser permeado por la situación. El cuerpo entra en modo urgencia, la atención se estrecha, las alternativas desaparecen una a una. No porque el mundo haya cambiado bruscamente, sino porque la experiencia ya no admite matices. En ese punto no se decide: se reacciona. El riesgo deja de ser contenido y empieza a imponerse. Cuando la elasticidad comienza a perderse, el límite deja de ser una referencia externa y se convierte en el último espacio donde aún puede existir elección consciente. En este marco, el límite no es una línea de prohibición sino un espacio humano que puede ser habitado. Se reconoce cuando detenerse no equivale a fallar, cuando ajustar no implica justificarse, cuando decir “hasta aquí” no se vive como fracaso. 

La pregunta mal formulada: “¿Es seguro?” como atajo existencial

Ahora, bajo estos escenarios de viaje y aventura, de experiencias con diferentes niveles  de riesgo,  hay preguntas que parecen técnicas, pero en realidad son existenciales: “¿Es seguro?” suele ser una de ellas: busca una forma de certeza en un lugar donde la certeza no existe. Quiere una frase que cierre la ansiedad. El problema es que esa forma de preguntar empuja la conversación hacia lo único que puede responderse rápido: promesas amplias, tranquilizadoras y, en el fondo, poco informativas. El riesgo no se deja convertir en sello; no se puede certificar como si fuera un estado estable.

El riesgo es una condición dinámica que cambia con el clima, con el grupo, con el cansancio y, sobre todo, con la calidad de las decisiones. Por eso la pregunta correcta no pide garantías: pide lectura. Pide entender qué ocurre cuando la experiencia empieza a apretar. No es: “¿es seguro?”, porque esa pregunta exige garantías. Es otra: ¿qué señales nos dicen que el margen de tolerancia se está cerrando, y qué decisiones lo sostienen antes de que sea tarde? Ahí sí se abre una conversación racional y honesta: no sobre técnica, sino sobre presencia; no sobre promesas, sino sobre método; no sobre cómo eliminar el riesgo, sino sobre cómo sostenerlo dentro de los límites para aflore la capacidad de convertir una experiencia en aprendizaje.

La forma en que un grupo trata sus límites y los gestiona, define su relación con el riesgo: si el límite es castigo, se esconde; si es vergüenza, se aguanta; si es conversación, aparece aprendizaje. Gestionar el riesgo no es empujar fronteras, sino sostener la capacidad de habitar lo incierto bajo límites tolerables. 

Lo técnico de esta reflexión está desarrollado en documentos como la Matriz de tolerancia al riesgo, la escala de severidad o la diferencia entre riesgo, incidente o peligro. El tema, a modo de reflexión  también fue abordado en: ¿Qué es el riesgo? y su relación entre las dos  es estrecho. 

Las próximas semanas nos moveremos por estos senderos, donde lo técnico quedará a un lado y abordaremos la idea del riesgo como experiencia y su valor para los procesos que cada uno, como humano, habita.

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