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En este texto, la experiencia deja de ser solo intrapersonal y se vuelve escena social. A partir de una pregunta: ¿a quién le estoy demostrando? se explora la dificultad existencial de seguir siendo uno mismo bajo la mirada de los otros. La reflexión no gira en torno al error ni al peligro externo, sino a una forma silenciosa de ruptura: la traición a la propia verdad cuando se elige sostener una imagen para conservar pertenencia. El cuerpo aparece como brújula irrefutable, y la imagen, como mecanismo ambivalente: puede ser o motor de superación, o también tentación de actuación. El cierre del tríptico (este y las dos reflexiones que precedieron a esta) propone que el riesgo también se gestiona en la tensión entre ser y no ser. 

¿A quién le estaba demostrando?

Hay un instante en la roca mientras escalo, en una caminata que se alarga, en las salas inmensas de un aeropuerto desconocido; en el que dejo de estar “haciendo algo” y empiezo a estar siendo observado. No importa si hay público real o si la mirada es imaginada: la siento igual. De repente, el mundo no solo pesa por sí mismo, sino por lo que piensan los otros de mi. Y la pregunta que aparece no es técnica. No es “¿cómo salgo de aquí?”. Es otra: ¿a quién le estaba demostrando?

Hasta ahora, (semanas pasadas -reflexión 28 y reflexión 29-) veníamos hablando del riesgo como experiencia intrapersonal. Cuando la incertidumbre es real y me acerco al límite, la teoría se hace a un lado y todo se vive en el cuerpo, en mi cuerpo. En ese instante la atención se estrecha, el tiempo cambia, la percepción se altera. Pero esta semana la experiencia se desplaza un poco: lo que me atraviesa no viene solo del terreno, del clima o del cansancio. Viene de algo más humano: la necesidad de sostener una imagen frente a los otros. Es ahí, sin que nadie lo diga, cuando comienza otra clase de riesgo y su límite debe gestionarse, el de no perder lugar y caer en la traición a uno mismo. 

La traición como un riesgo que también toca mantener dentro de límites tolerables. 

Traicionarse es actuar como si uno no eligiera, cuando en realidad está eligiendo todo el tiempo, solo que lo que realmente está eligiendo es: quedar bien. Se elige seguir para no ser el que frena. Se elige callar para no incomodar. Se elige apretar para no verse frágil. Se elige sostener una escena en vez de sostener una verdad. Por fuera, todo funciona: el grupo avanza, el plan se cumple, la jornada “sale”. Por dentro, algo se desplaza: dejo de estar conmigo y empiezo a estar para los otros. 

Ahora, la traición rara vez llega como una idea clara. Llega como un gesto pequeño: la garganta que se cierra, la respiración que se vuelve corta, el corazón que se acelera. Llega como una frase que uno se traga. Llega como esa sensación de estar actuando. No callamos por ausencia de palabras; callamos porque decirlas cuesta. 

Aquí aparece una idea que me persigue: el riesgo desde esta perspectiva no es solo caerse; el riesgo es vivir como si uno eligiera, cuando en realidad no estoy eligiendo. Esa es la herida existencial de muchas expediciones: no el error, sino la renuncia a la propia verdad para conservar pertenencia y aunque esto es “humano” vale la pena gestionarlo dentro de límites tolerables. 

Por eso la pregunta rectora de esta semana no es “¿qué tan difícil era el paso (escalando, en rafting, en un aeropuerto)?” sino: ¿en qué momento dejo de vivir mi vida y empiezo a vivir mi imagen?

Ahora, la imagen no es solo vanidad: es también supervivencia social; es el mecanismo con el que intento asegurar un lugar, por ejemplo: ser capaz, ser fuerte, ser el que no estorba. La imagen también empuja: a veces es el motor que me hace intentar un paso más, sostener la calma, buscar una versión más disciplinada de mí mismo. En expediciones, viajes, actividades de aventura, uno no vive aislado; se vive bajo miradas, reales o imaginadas. Querer ser visto, querer ser admirado, querer pertenecer, no es “malo”; es humano. Bien llevado, incluso puede ser fértil: invita a forzar límites, a estirar la capacidad, a descubrir dónde se puede dar más de lo que creía.

El problema no es que exista imagen. El problema es cuando la imagen se vuelve dueña y ya no compañera. Cuando, en vez de empujar hacia el aprendizaje, empuja hacia la actuación. Cuando obliga a cruzar los umbrales que el cuerpo ya no puede sostener sin pagar con silencio, con negación, con una pequeña traición. Para mí, ahí está la gestión: no se trata de renunciar a ser para los otros, sino de mantener esa relación dentro de límites tolerables. Construir una imagen que negocie entre lo que se quiere ser y lo que supongo que los otros esperan, sin que, en ese cruce, se pierda la única brújula que no se puede falsificar: la verdad corporal del momento.

Cierre del ciclo

En este tríptico, nos movimos desde una primera corrección de la pregunta: “¿es seguro?” a una indagación más honesta sobre cómo se sostiene una experiencia cuando la incertidumbre es real, para afirmar que lo decisivo no es la definición del riesgo, sino su efecto: el modo en que el cuerpo, la atención y el juicio cambian cuando el mundo aprieta. Luego profundizamos en esa intuición mostrando que, en ciertos bordes, límites, la teoría se queda corta y aparece una lucidez difícil: reconocimiento de finitud, reversibilidad y dignidad sin triunfo. El cierre desplazó el foco hacia lo más humano de todo: la escena social. La pregunta ya no es “qué tan difícil era el paso”, sino a quién se le estaba demostrando; allí la experiencia revela que lo duro no es fallar sino traicionarse, vivir como si no se eligiera cuando en realidad se elige quedar bien, y que la madurez, por tanto, no se sostiene solo en la voluntad individual sino en una cultura compartida donde la verdad del cuerpo pueda decirse sin pérdida de lugar. En todos los escenarios, el margen de tolerancia está presente. Esa puede ser la gran conclusión de este tríptico.

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