
El inglés separa likelihood de frequency. El español entrega una sola palabra, probabilidad, y deja el trabajo de distinguir en manos de quien llena la casilla.
En la reflexión pasada el acento quedó puesto en la probabilidad por encima de la severidad. Fue el camino de la aviación, y sus cifras muestran hasta dónde la llevó. Seguir reflexionando en esa dirección pide una pausa y formularse una pregunta: ¿qué es la probabilidad? El español tiene una sola palabra para dos conceptos que no son lo mismo. Esa palabra, probabilidad, el idioma castellano la entrega junta, como si nombrara un objeto único. En cambio, en inglés, hay dos palabras: likelihood y frequency. Esta es una distinción que el inglés obliga a hacer cada vez que alguien abre la boca, y que el español permite saltarse sin que nadie lo note.
El asunto deja de ser de idioma cuando esa palabra llega a un formulario. Un guía parado frente a un río tiene veinte minutos para decidir si cruza con el grupo o espera, y antes de decidir escribe un cuatro en la casilla de probabilidad de la matriz de tolerancia. Ese cuatro lo arma mirando el agua, con lo que sabe de esa cuenca y esa lluvia, con lo que sabe del grupo, con lo que sabe de los equipos de que dispone en ese momento. No lo toma de ningún archivo. Tampoco le queda fácil sustentarlo ante otras personas. Él sabe que sirve para esta tarde nada más: mañana, con otro cielo, con otro grupo, y él mismo siendo otro, escribiría un número diferente. En inglés ese número tiene nombre propio, likelihood, y es lo que alguien cree que puede pasar.
Ahora, hay otra manera de llegar a un cuatro en la casilla de la matriz. El Ai+, donde una decena de organizaciones de turismo de naturaleza anota lo que ocurre en sus salidas, acumula miles de salidas y años de campo. De esa pila sale cuántas veces algo terminó en incidente, sobre cuánta gente y cuántos días, y esa cuenta también aterriza en la escala de probabilidad. Ese número no lo armó nadie mirando el agua y no responde por esta tarde, pero cualquiera con la base lo puede rehacer. En inglés se llama frequency, y es el conteo de lo que ya pasó (Kaplan y Garrick, 1981, Risk Analysis, 1(1), 11-27).
Nótese que casi todo lo que el sector del turismo de naturaleza y aventura en Latinoamérica usa para gestionar riesgos llegó traducido del inglés al español. Las matrices, las escalas de severidad, los formularios, el vocabulario entero de la disciplina. Vinieron de tradiciones que trabajaban en inglés, y en el viaje la traducción hizo bien su trabajo: likelihood es probabilidad, frequency es probabilidad. Las dos palabras son correctas. Ninguna está mal, pero se perdió algo: la obligación de elegir entre dos cuando se expresa la idea. No es fácil elegir, toca anotar algo más, pero cuando se trata de gestión de riesgos, tal vez vale la pena ese esfuerzo de más.
En inglés esa obligación es un hecho. Nadie tiene que acordarse de distinguir, porque no hay manera de escribir la frase sin haber distinguido ya. La gramática hace el trabajo antes de que aparezca el criterio. Quien escribe likelihood decidió que habla de un juicio. Quien escribe frequency decidió que habla de un conteo. La decisión está tomada en el momento de usar la palabra.
En español ese trabajo no desaparece: cambia de dueño. Pasa de la gramática a la persona, y nadie avisa. La casilla que dice probabilidad, en el formulario que el guía tiene enfrente, es una casilla de likelihood, y eso no está escrito en ninguna parte. El número que llega después a la oficina no es una tasa, y tampoco está escrito. La distinción existía en el origen, sobrevivió en el concepto y se evaporó en la palabra.
El guía que escribió el cuatro frente al río recibe, cada tanto, un informe donde el registro le dice qué tan probable es ese mismo peligro en la operación. Los dos números le llegan por el mismo canal, con la misma palabra y en la misma escala. Nadie le está diciendo que son cosas distintas: la casilla, el encabezado y la escala le están diciendo que son la misma. Y si son la misma y no coinciden, alguien tiene el número mal puesto. Del suyo ya sabemos que no lo puede sustentar ante otras personas. La próxima vez escribirá algo un poco más parecido al del informe, y el siguiente un poco más, hasta dejar de estimar sin que nadie se lo haya pedido y sin que nadie note que dejó de hacerlo.
Lo que deja de mirarse es la excepción. La frecuencia describe bien lo que ya pasó, y por eso mismo no ve la lluvia que no se parece a las de los últimos tres años, ni la cuenca que cambió después de una obra río arriba, ni el grupo que va más lento de lo normal. Eso solo lo ve quien está parado ahí. Y lo tiene que escribir en la misma casilla, con la misma palabra.
El idioma no va a cambiar. El formulario sí, que hoy pide un número sin preguntar de qué clase. La conversación del equipo también, donde la palabra rota de significado varias veces al día sin que nadie lo note. Trabajar en español, en este oficio, cuesta un trabajo que en inglés viene incluido. La pregunta es quién lo hace, y en qué momento del día lo hace.




