
La secuencia en la que venimos. En la reflexión de la entrada 24 insistimos en que nombrar el riesgo no era un gesto retórico sino la condición mínima para que exista gestión, porque lo innombrado solo se administra con intuición y, por tanto, con desigualdad. En la reflexión 25 movimos el eje desde el daño hacia la exposición: la severidad potencial manda porque nos obliga a decidir antes de que la suerte escriba el desenlace. Hoy, en la reflexión 26, la continuidad es inevitable: incluso cuando ya sabemos nombrar y ya sabemos mirar el borde, todavía podemos equivocarnos por una razón más básica que cualquier tecnicismo. Podemos confundir “más historias” con “más riesgo”.
El destino que “se siente inseguro”: la trampa del conteo y el poder de la reputación
La escena es conocida porque ocurre en casi toda operación que crece. Alguien abre el tablero semanal, lee que en un destino hubo “muchos incidentes” y la conversación se inclina, casi sin querer, hacia una conclusión emocional que suena responsable: “allá algo está pasando; ese destino se está poniendo peligroso”. Esa frase no nace de mala fe. Nace de lo que el cuerpo hace cuando ve fricción: protegerse. El problema aparece cuando esa protección se vuelve sentencia sin criterio común, porque el conteo, por sí solo, fabrica reputaciones. Un destino con alta actividad “se ve” más problemático porque tiene más oportunidades de registrar fricción; uno con poca exposición puede “verse” limpio aunque solo esté fuera de foco. En otras palabras: contar casos sin denominador castiga al que opera más, premia al que opera menos y convierte una semana ruidosa en una narrativa duradera. Y eso, en gestión del riesgo, es gravísimo: la narrativa termina gobernando recursos, decisiones y cultura, no porque sea verdadera, sino porque es pegajosa.
Desde la perspectiva de Fullsky, en gestión de riesgos no demonizamos los incidentes. Los incidentes existen dentro de márgenes, tolerables y no tolerables. De hecho, un sistema que registra incidentes suele estar mostrando salud de reporte, no “riesgo” en destino. El registro de incidentes no es un juicio moral automático sobre un viaje; es una señal que solo cobra sentido cuando se lee con contexto, con exposición y con severidad potencial. Por eso el giro de esta reflexión no es “menos incidentes es mejor”. El giro es: sin denominador, no sabemos si estamos viendo riesgo o estamos viendo volumen; y, sin esa distinción, lo que llamamos “gestión” suele ser apenas reacción con buena intención.
Días/Persona (DP) y la tasa real: 28 incidentes por 1.000 DP no es teoría, es nuestro piso de realidad
El acuerdo institucional que venimos proponiendo desde Fullsky para que la conversación sea justa se llama DP: días/persona. Se calcula multiplicando el número de personas por el número de días. Su función es hacer comparables destinos, temporadas y equipos.
Ahora, en el histórico que estamos usando para esta reflexión (Data set de Fullsky) hay más de 140mil DP y más de 4mil registros de incidentes. Con esa escala, la tasa global actual, la lectura agregada de nuestro propio sistema, está alrededor de 28 incidentes por 1.000 DP. Ese número importa por una razón esencial: nos devuelve proporción, nos permite comparar peras con peras. Nos recuerda además, que los incidentes, como categoría amplia, no son rarezas; son parte del paisaje normal de operar programas en zonas silvestres y urbanas.
Ese “28 por 1.000 DP” también nos ayuda a corregir ejemplos que suenan intuitivos pero se alejan del terreno. Si un viaje suma 250 DP, el promedio histórico sugiere que no sería extraño ver 7 incidentes registrados. Dicho así, cambia el juicio automático: un viaje con 7 incidentes no es necesariamente un viaje “peligroso”; puede ser un viaje promedio con buen reporte. Y, del otro lado, un viaje con 2 incidentes no es necesariamente un viaje “seguro”; puede ser una operación con baja fricción real… o puede ser subregistro, o puede ser que el equipo solo esté registrando lo obvio y dejando por fuera lo que más enseña. Por eso el denominador no viene a tranquilizarnos con tasas bajas ni a alarmarnos con tasas altas. Viene a exigirnos formular la pregunta: comparado con nuestra tasa base, con nuestra exposición y con nuestra severidad potencial, ¿esto es señal o es variación normal? Y, sobre todo, ¿qué parte de lo que estoy viendo habla de riesgo y qué parte habla de sistema, de cultura de reporte, de claridad de definiciones, de hábito de registrar?
Preguntas para seguir pensando
¿Qué significa “normal” en nuestra operación cuando hablamos de tasa de incidentes por 1.000 DP, y qué parte de esa normalidad habla de riesgo y qué parte habla de salud de reporte?
¿Cuál es la ventana mínima de exposición con la que aceptamos comparar destinos sin fabricar reputaciones a partir de ruido?
Si la tasa baja puede significar subregistro, ¿qué señales paralelas necesitamos mirar para no confundir “silencio” con “seguridad”?
¿En qué punto la organización se obliga a declarar un umbral —aunque sea perfectible— para que la conversación deje de depender de impresiones y empiece a depender de criterio?




