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Un certificado de primeros auxilios vence a los dos años. No porque el conocimiento expire, sino porque la habilidad se va del cuerpo si no se usa

Suele pensarse que lo que se aprende una vez se mantiene con nosotros hasta el final de nuestros días. En el caso de los primeros auxilios, estos vienen con fecha de vencimiento impresa en la tarjeta. Un curso de primeros auxilios caduca a los dos o tres años. Pasado ese tiempo el certificado deja de valer y para recuperarlo no basta una firma ni un repaso rápido: hay que volverlo a hacer completo, de principio a fin, las mismas dieciséis o veinticuatro horas, los mismos gestos repetidos contra el mismo maniquí. El mismo vendaje, las mismas preguntas, la misma pausa.

Una forma de explicar este protocolo es que la medicina cambia y los estudios se actualizan, y por lo tanto, toca estudiarlos nuevamente. Aunque esto tiene sentido y cada tanto se actualiza un par de protocolos, no es el fondo de la causa. La verdadera razón, y la más hermosa a mi modo de ver, es que la habilidad desaparece del cuerpo. Puede el cerebro recordarla, pero las manos la han olvidado.

Ahí está la diferencia con las tablas de multiplicar o la lectura, por tomar dos ejemplos cotidianos que sin lugar a dudas son mucho más complejos de aprender que los primeros auxilios. Las tablas o la lectura no se olvidan porque se usan todos los días sin darnos cuenta. Los primeros auxilios se olvidan porque pasa lo contrario. No se reanima a nadie un martes y a otro el jueves. Tampoco hay una herida que limpiar o un brazo para inmovilizar. El gesto se queda quieto, guardado, desentrenándose en silencio, hasta el único día en que de golpe todo depende de él. Por eso el curso no caduca como caduca un dato. Caduca como se afloja un músculo que se dejó de usar.

Lo que un músculo entrenado tiene, y un dato no, aparece el día de la urgencia. Cuando alguien se desploma de verdad, el tiempo se comprime y la cabeza deja de ser un buen lugar donde buscar. La secuencia que en el aula se recitaba en orden, parar, comprobar respuesta, pedir ayuda, abrir la vía aérea, comprimir, se vuelve de pronto difícil de alcanzar, justo cuando más se necesita. No porque se haya olvidado, sino porque el estado en que se la busca no es el estado en que se aprendió. La investigación sobre estrés y desempeño apunta en esa dirección: a medida que sube la activación, el control de la acción tiende a desplazarse de lo deliberado, que razona y elige, hacia lo que ya está grabado y sale sin pedir permiso (Schwabe y Wolf, 2011).

Saber y poder, en primeros auxilios, no son lo mismo, y la distancia entre los dos no es de grado sino de clase. Saber es tener la secuencia disponible para consultarla. Poder es que las manos arranquen solas cuando ya no hay con qué consultarla. Lo primero se aprende escuchando. Lo segundo se graba de una sola manera: repitiendo el gesto hasta que deja de pasar por la cabeza.

Un curso de primeros auxilios está armado al revés de muchos otros procesos de aprendizaje. 16, 24, 50, 100, y la mayor parte no es alguien explicando: es alguien repitiendo. La misma compresión cien veces, el mismo giro de cabeza para abrir la vía aérea, la misma revisión del cuerpo en el mismo orden, contra un maniquí que no mejora con la teoría y sí con la insistencia. En casi todo lo demás se explica mucho y se practica al final, si queda tiempo. Aquí se explica poco y se repite hasta el cansancio, porque lo que el curso vino a dejar no entra por el oído.

Un año después, lo que queda de un curso es poco, y no está donde se lo buscaría. Los nombres se van. El orden exacto de los pasos se confunde. Casi nadie recuerda la cifra de compresiones por minuto ni el término de la maniobra. Lo que queda, cuando el curso fue bueno y el gesto se grabó hondo, no está en la memoria: está en las manos. Es la inquietud de ver a alguien tendido y que las manos ya quieran ir hacia el cuello a buscar el pulso antes de que la cabeza haya decidido nada. Eso no se recita. Eso se tiene o no se tiene.

Por eso, frente a una tarjeta vencida, la pregunta no es si todavía se recuerdan los pasos. Es si las manos sabrían ir solas el día que no haya tiempo de recordarlos.

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