Hay requisitos que un laboratorio puede resolver y otros que solo puede resolver la experiencia acumulada de muchas operaciones durante años; para esos segundos, la industria del turismo de naturaleza y aventura en Latinoamérica obliga a cada operador a guardar su archivo y no tiene dónde juntarlos.
Para saber si una cuerda de escalada aguanta hay un sitio donde ir: un laboratorio de ensayos. Se fija un extremo, se deja caer una masa definida desde una altura definida, y lo que le pase a la cuerda le pasa a la vista de cualquiera que vuelva a montar lo mismo. Con los pisos de caucho de los parques infantiles se hace algo parecido en Europa: de ese montaje sale una altura crítica, la altura máxima desde la que un niño puede caer sobre esa superficie, y es un número que no cambia según quién lo mida. En los equipos médicos van todavía más lejos: cada requisito viene acompañado, en un anexo de la norma, de la explicación de por qué está ahí.
Ahora la otra clase de requisito: la norma dice doce jinetes por guía, en una cabalgata turística en Colombia.
¿Dónde se monta eso? Habría que reunir a un guía de cabalgata, doce caballos, doce turistas que no se conocen entre sí, un sendero, y después habría que decidir qué se aplica y qué se mide. En la cuerda, la carga es peso y el peso se fija de antemano. Lo que carga el guía no es peso: es atención repartida, y la cantidad que pide una fila de doce depende de quiénes son los doce, de cómo está el sendero esa mañana y de lo que haya pasado media hora antes. No hay forma de definir la caída.
Y el resultado tampoco aparece en la prueba. Una cuerda que no se rompe en el banco dice algo sobre esa cuerda. Un día en que no pasó nada con doce jinetes no dice nada sobre doce jinetes: dice algo sobre ese día. La diferencia entre doce y diez, si existe, no se manifiesta en una jornada ni en veinte; se manifiesta en lo que ocurre pocas veces, y eso solo se junta sumando muchos senderos, muchos guías y muchos años. No es un gusto por los números: es el único lugar donde una cifra así tiene oportunidad de fallar lo bastante seguido como para enseñar algo.
Ese lugar está previsto en los documentos. Las normas chilenas de cabalgata, de rafting y de alta montaña obligan al operador a mantener un archivo de incidentes que permita revisar la calidad de su plan de manejo de riesgos, y a revisarlo cada año y cada vez que ocurra un evento que lo amerite. La norma colombiana de parapente lo pide con las mismas palabras. La ISO 3021 lo dice más corto: registrar los incidentes.
Cuatro normas nacionales y una internacional coinciden en que lo que pasa se anota y en que la carpeta se abre una vez al año. Ninguna dice quién la lee al lado de la carpeta de la operación vecina.
La cláusula tiene un destinatario y siempre es el mismo: el sistema de gestión de riesgos del propio operador. El archivo mira hacia adentro, hacia las medidas que esa operación escribió y sostuvo. La cifra, en cambio, llegó de afuera, ya escrita, y es obligatoria por razones que no tienen nada que ver con lo que esa operación haya visto en su temporada. De modo que el archivo puede corregir el plan hasta el último detalle y no tocar jamás el número que el plan copió. Lo que se aprende en la carpeta no tiene camino de vuelta hasta la página donde está impreso el doce. Ese camino no existe, y no es que esté interrumpido: nunca se trazó.
Conviene separar aquí tres cosas que el sector nombra con una sola palabra.
Gestionar es decidir qué hacer y poder demostrar que se hizo: el protocolo existe, se aplicó, quedó firmado. Eso está instrumentado hasta el último detalle. Hay normas que lo exigen, auditorías que lo verifican y certificados que lo acreditan.
Aprender es cambiar lo que se cree cuando lo que ocurre lo contradice. Para eso también hay piezas: la acción correctiva, la investigación del incidente, la revisión anual del plan.
Conocer es otra cosa. Es poder decir de antemano qué esperar de una operación, y estar en condiciones de descubrir que uno estaba equivocado. Para eso hace falta haber escrito qué se esperaba, y después contar lo que pasó sobre la gente que estuvo expuesta.
La cifra de doce pertenece al tercer nivel. No es una decisión sobre qué hacer: es una afirmación sobre lo que ocurre cuando un guía lleva doce y no diez. Y una afirmación así solo se pone a prueba contándola en muchas operaciones durante años.
Hay lugares donde alguien cuenta. NOLS lleva el suyo desde 1984 y publica lo que encuentra. En Australia, un sistema multiorganización reúne incidentes y días de participación de operadores distintos y publica tasas cada año. Ninguno de los dos corrige una norma: no fueron hechos para eso. Pero los dos pueden decir qué esperan y contra qué lo comparan.
Para el turismo de naturaleza y aventura en Latinoamérica se buscó un registro equivalente, con denominador de exposición, y no se encontró. Hay diagnósticos de oferta, literatura académica y cobertura de prensa cuando alguien muere. No un lugar donde las temporadas se acumulen hasta volverse una respuesta.
Cada operación que pide su certificado tiene hoy su carpeta en regla. La abrió este año, anotó lo que pasó, revisó su plan. Si en el sendero algo mostró que doce era mucho o que doce era poco, eso quedó escrito en algún renglón de alguna de esas carpetas, y ahí se quedó. La industria tiene miles de archivos y ninguno.




