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Contacto físico y protección infantil: no retirar la mano, formarla

Martín Molano

Proteger a un niño parece pedir distancia: no tocar, no abrazar, no exponerse. Pero retirar el contacto tiene un costo que casi nadie mide, y la capacitación seria en protección infantil no enseña a tocar menos. Instala el choque y adelanta que hay salida sin decir cuál. 

Hay una capacitación que a los guías de turismo les cuesta tomar en serio, la de protección infantil, y para entender por qué sugiero empezar por un abrazo.

Hay un abrazo que hace parte del oficio de todo guía, staff o líder de viaje. Aparece cuando un participante llega al borde y se queda mirando el vacío sin poder avanzar ni retroceder, y alguien se acerca y lo abraza, sostiene hasta que el cuerpo se le calma. También está el de la primera noche fuera de casa, cuando alguien de doce años llora bajo para que nadie lo oiga. O el del final de un día largo, cuando alguien hizo algo que se creía incapaz de hacer y busca con quién compartirlo. Ese contacto no es un exceso de confianza. Es el trabajo. Quien guía, quien acompaña, lo hace también con el cuerpo y por eso abre los brazos en esos momentos.

Ahora, hay una razón de peso para pensar distinto y no dar ese abrazo. Vistos desde afuera, el gesto que cuida y el gesto que se aprovecha se parecen. Cargar a un niño cansado y usar el cansancio del niño para tener un cuerpo pequeño encima se ven casi igual a tres metros. La intención, que es lo único que separa uno del otro, no viaja con el gesto. Y si no viaja, entonces la única regla sin ambigüedad es la que no depende de leer intenciones: no tocar

Una norma de no contacto no necesita interpretación: se cumple o no se cumple. Protege al niño de quien podría hacerle daño, y también protege al operador honesto de la sospecha, porque quien no toca no puede ser malinterpretado. En una operación con muchos adultos y muchos niños, esa claridad vale. Una regla que todos aplican igual es más firme que un criterio que cada quien ajusta por su cuenta. No por frialdad. Por prudencia.

El problema es lo que esa prudencia cuesta. Un niño de doce años que llora la primera noche fuera de casa no necesita que le expliquen con palabras que está acompañado y que todo estará bien. Necesita un cuerpo al lado, una mano en la espalda, alguien que se siente cerca y se quede. Un niño que llora y recibe una frase donde esperaba un brazo entiende que aquí la cercanía no se da, y que si la necesita, el problema es suyo.

Esa es una cara del costo. La otra no se siente esa noche, pero de a poco se va imprimiendo. La regla de no tocar le enseña al niño, sin decírselo, que el afecto de un adulto es sospechoso, que la cercanía es peligrosa o no existe, que lo normal entre un grande y un pequeño es la distancia, y al final que la distancia también es la regla entre grandes. Un niño criado así crece con una noción torcida de lo normal. La regla es simple para la institución que la firma. Para el niño no es simple: es una falta que no sabe nombrar.

Ahora, esa prudencia tiene una historia, y en Colombia tiene dos caras que casi nadie distingue. Una protección vigila hacia afuera, hacia el turista o el tercero que se acerca al niño desde el borde de la operación: nació tras el primer Congreso Mundial contra la Explotación Sexual Comercial de Niños, Niñas y Adolescentes (Estocolmo, 1996), cuando la red ECPAT y la Organización Mundial del Turismo dieron forma a The Code, y aquí, en colombia, la obligan la Ley 679 de 2001, la Ley 1336 de 2009 y la Resolución 3840 de 2009, con capacitación del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo y certificación de entidades como la Fundación Renacer. La otra mira hacia adentro, hacia el propio equipo, el voluntario, el proveedor, hacia alguien con acceso legítimo y confianza ganada: es la que en el mundo se llama safeguarding, no la exige ninguna norma colombiana y se apoya en referentes internacionales como los estándares de Keeping Children Safe, el programa Stewards of Children (Darkness to Light) o los Child Safe Standards australianos. La primera vigila la puerta. La segunda se pregunta qué pasa una vez todos están adentro, y es la que pone en duda el abrazo del propio guía.

Las dos posturas tienen razón en lo suyo y sin lugar a dudas hay una tensión.  Minimizar el contacto retira la ambigüedad. Sostener el contacto conserva el vínculo y con él la ambigüedad. Tocar "lo justo", el punto medio que suena razonable, no resuelve nada: reparte mal las dos pérdidas, un poco de frío y un poco de ambigüedad, sin ganar ninguna de las dos protecciones. El dilema no se disuelve moviéndose sobre la línea que va de tocar mucho a tocar poco, la línea existe como lo existe en primeros auxilios. 

El error que comparten las dos posturas es tratar el contacto como cantidad: más o menos, mucho o poco. La pregunta no es cuánto contacto. Es de qué clase. Un mismo abrazo puede darse de dos maneras que cambian todo sin cambiar la cercanía: a solas o a la vista, en el rincón o en el centro, con secreto o sin él. Lo que el curso de protección infantil enseña no es a tocar menos. Es a dar el contacto de manera que se pueda leer. 

Ahí el oficio se parece al de primeros auxilios más de lo que uno creería. En primeros auxilios no se toca con miedo a hacer daño: se aprende a tocar, con la mano firme y sabiendo lo que se busca. El que se formó no retira el contacto que el trabajo necesita ni empieza a medir cada gesto con el metro de la sospecha. Aprende un oficio del contacto: cómo se sostiene a un niño de manera que el sostén sea legible para el niño, para el acudiente, para cualquiera que pase. 

Nada de esto es abstracto ni nuevo. Ese ojo se entrena en cursos que existen, tienen nombre y llevan años dándose. En el mundo del turismo, la formación en el marco de The Code y en los códigos de conducta que aquí exige la ley. En el mundo de las organizaciones que trabajan con niños, los programas de safeguarding: Stewards of Children, los estándares de Keeping Children Safe, las formaciones que traducen los Child Safe Standards a la operación diaria. Son horas de trabajo sobre casos, sobre gestos, sobre la diferencia entre el contacto que se lee y el que se esconde. No forman una sospecha. Forman un ojo, de la misma manera que un curso de primeros auxilios forma una mano.

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